viernes, 3 de julio de 2009

Significado tuvo lo religioso en la configuración política del pueblo colombiano durante el siglo XIX

Por: Johnni Alfredo Ochoa Gómez

No hay modo de presentar una imagen real de la cultura, sin incluir la dimensión religiosa. Lo religioso es un factor estructural de ésta, evidente en creencias, valores, racionalidades que signan la acción social y por extensión los proyectos políticos de cualquier sociedad. La mirada de la filosofía, luego, es necesaria para comprender su significado en el devenir de la sociedad, su proyección en la historia, su incidencia e institucionalidad. En este sentido y mediante las siguientes líneas pretendo objetivar el significado de lo religioso en la configuración política del “pueblo colombiano”[1] durante el siglo XIX, época en la que enmascarándose un pasado se perfiló la personalidad histórica de este país. Así, la relación “lo religioso - lo político” se plantea como un binomio útil para comprender a Colombia como proyecto histórico.
Ahora, si se advierte que para Colombia y en sentido amplio, para Latinoamérica, lo religioso reviste un significado especial puesto que el cristianismo, la religión más determinante en el curso de la historia, sobrevivió con mucho brío a los embates de la modernidad, representando desde entonces un fenómeno que se enclavó en el alma de nuestra cultura[2]. En este sentido, aunque la modernidad sea trascendental para la configuración política de este pueblo y por ende para su ethos -o su pathos- no pasa de ser una pincelada en el mosaico de nuestra cultura cuando se analiza comparativamente su influjo frente al influjo del cristianismo, mas ¿Puede reducirse lo religioso al cristianismo para referirnos a la Colombia decimonónica? ¡No!, aún reconociendo la profunda carga simbólica que representa para nuestro imaginario de país.
Entonces, es menester precisar respecto a lo religioso que éste fenómeno no se refiere exclusivamente a la creencia en dioses, espíritus o principios supraterrenales, absolutos y recompensatorios, sino que denota una realidad más amplia que desborda lo que comúnmente se presenta como religión -cristianismo, por ejemplo-, aludiendo a cualquier manifestación que haciéndose presente a la conciencia del sujeto cognoscente representa para éste, Ser, Sentido y Verdad[3] como bases que le permiten una representación admisible de la realidad ¿Qué tiene esto que ver con Colombia, siglo XIX, política…? ¡Todo!, pues la política, como “el arte de unificar y organizar las acciones humanas y de dirigirlas hacia un fin común”[4], apela a aquello que resulta verdadero y real para el pueblo, aquello que marca el horizonte de sentido de su existencia ¿Pero, qué relación tiene esto con Colombia, siglo XIX, política…? ¡Todo!: lo religioso encontró en el discurso de la nación su nueva máscara…

¡Patria! Te adoro en mi silencio mudo y temo profanar tu nombre santo.
Por ti he gozado y padecido tanto cuanta lengua mortal decir no pudo.
No te pido el amparo de tu escudo, sino la dulce sombra de tu manto:
Quiero en tu seno derramar mi llanto, vivir, morir en ti pobre y desnudo,
Ni poder; ni esplendor; ni lozanía, son razones de amar.
Otro es el lazo que nadie, nunca, desatar podría.
Amo yo por instinto tu regazo, madre eres tú de la familia mía;
¡Patria! De tus entrañas soy pedazo.
(Miguel Antonio Caro)

Como se advierte en este poema de Miguel Antonio Caro, la patria se deifica, lo religioso – y lo político forman entonces una sola matriz: “Dios y Patria.

"Todo nacionalismo es reaccionario por esencia, pues pretende
Imponer a las diversas partes de la gran familia humana un carácter determinado
Según una creencia preconcebida. También en este punto se manifiesta
el parentesco interno de la ideología nacionalista con el
concepto de toda religión revelada"
(Rudolf Rocker)

El ultimo termino del binomio, la patria, la nación, entendida naturalmente en sentido moderno,[5] muestra el sustrato religioso de la modernidad ¿Acaso este paradigma, como cualquier otro, no inscribe coordenadas de significación? ¿Qué es verdad, sentido y ser en él? Explicitar esta tríada demanda mucho más que lo que este escrito está dispuesto a pronunciar, pero basta saber que todo lo que gravita entorno a la idea de nación, los discursos del progreso, del destino compartido, etc., tienen el mismo sustrato que nutre el “discurso” de paraíso, salvación, reino de Dios. Ahora, como se advierte en el poema de Caro y en la reflexión que nos ofrece Rudolk Rocker, el cristianismo –religión “revelada”- y la modernidad, aunque pretendidamente antitéticos, fraguaron, pese a los anatemas mutuamente señalados, una red simbólica que sostiene el sentimiento de un destino común y en la que se ajustan, como a una telaraña, presupuestos filosóficos e ideológicos de cualquier tenor, forma o acabado.

¿Qué significado tuvo lo religioso en la configuración política del “pueblo colombiano” durante el siglo XIX?, problema que intitula este trabajo, exige abordar sucesos, actores, fenómenos que impregnaron esta centuria en nuestro país –nótese la candidez y el poder convocante de ese nuestro país- en el marco de lo que se ha dicho sobre lo religioso y lo político, a propósito, algunas pinceladas sobre el sentido del proyecto bolivariano, otras acerca del influjo de algunos socialistas utópicos en la coyuntura de mediados de siglo y el liberalismo radical, nos permitirán esbozar algunas consideraciones entorno a la consabida relación entre lo religioso y lo político durante el siglo XIX en ¡nuestra nación!, presente en presupuestos ideológicos disímiles entre sí, entonces:
Del Romancero Bolivariano (Autor Manuel María Madiedo)[6]

“Sobre un muro derruido,
Que cubre ruda maleza,
A un hombre ha tomado el sueño,
Que un mundo entero le muestra.
Y el hombre, cual si la fiebre
Arder le hiciera las venas,
Soñado ve de otros siglos
Cruzar las sombras egregias.
Es bruto aquel gran romano,
Que en la sangre de Lucrecia
Ahogo un trono, y de la Patria
Rompió la coyuntura férrea.
Mario y los heroicos Gracos
Allí aparecen con César,
Sublimes glorias del pueblo,
Laureados en lumbre excelsa.
Marco Corcio allí ofrece,
De la Patria hostia suprema;
Más grande que el gran Leonidas,
Y que el gran Codro de Atenas.
Y esas sombras vida tienen,
Mayor que la vida nuestra;
Vida de incontables siglos,
Sin fin, como, inmensa…
(…)
Y hablan al hombre dormido
Cosas raras y estupendas,
Que el noble pecho le arden,
Y el alma altiva le incendia.
(…)
Levántate al punto y jura
Sobre estas ruinas excelsas
Ser de tu Patria el Mesías,
Y el redentor y el profeta.”
(…)

Del famoso “Delirio del Chimborazo” de Bolívar
[7]

Yo venía envuelto en el manto de Iris, desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco al Dios de las aguas. Había visitado las encantadas fuentes amazónicas, y quise subir al atalaya del Universo. Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt; seguílas audaz, nada me detuvo; llegué a la región glacial, el éter sofocaba mi aliento. Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina que pusieron las manos de la Eternidad sobre las sienes excelsas del dominador de los Andes. Yo me dije: este manto de Iris que me ha servido de estandarte, ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales, ha surcado los ríos y los mares, ha subido sobre los hombros gigantescos de los Andes; la tierra se ha allanado a los pies de Colombia, y el tiempo no ha podido detener la marcha de la libertad. Belona ha sido humillada por el resplandor de Iris, ¿y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra?
¡Sí podré!
Y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí, que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt, empañando los cristales eternos que circuyen el Chimborazo. Llego como impulsado por el genio que me animaba, y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento: tenía a mis pies los umbrales del abismo. Un delirio febril embarga mi mente; me siento como encendido por un fuego extraño y superior. Era el Dios de Colombia que me poseía. De repente se me presenta el Tiempo bajo el semblante venerable de un viejo cargado con los despojos de las edades: ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano…"Yo soy el padre de los siglos, soy el arcano de la fama y del secreto, mi madre fue la Eternidad; los límites de mi imperio los señala el Infinito; no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la Muerte; miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa lo presente. ¿Por qué te envaneces, niño o viejo, hombre o héroe? ¿Crees que es algo tu Universo? ¿Que levantaros sobre un átomo de la creación, es elevaros? ¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos? ¿Imagináis que habéis visto la Santa Verdad? ¿Suponéis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos? Todo es menos que un punto a la presencia del Infinito que es mi hermano "Sobrecogido de un terror sagrado, « ¿cómo, ¡oh Tiempo! -respondí- no ha de desvanecerse el mísero mortal que ha subido tan alto? He pasado a todos los hombres en fortuna, porque me he elevado sobre la cabeza de todos. Yo domino la tierra con mis plantas; llego al Eterno con mis manos; siento las prisiones infernales bullir bajo mis pasos; estoy mirando junto a mí rutilantes astros, los soles infinitos; mido sin asombro el espacio que encierra la materia, y en tu rostro leo la Historia de lo pasado y los pensamientos del Destino»."Observa -me dijo-, aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres". El fantasma desapareció Absorto, yerto, por decirlo así, quedé exánime largo tiempo, tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho. En fin, la tremenda voz de Colombia me grita; resucito, me incorporo, abro con mis propias manos los pesados párpados: vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio.
Como se puede observar, constituye suficiente ilustración el peso simbólico de la figura de Bolívar para el imaginario y el devenir de Colombia (Obviamente Colombia en el contexto de la obra de Bolívar adquiere una connotación que la reviste de manera diferente). Es indudable el sustrato religioso y hasta mítico al que se apela para estructurar un nuevo orden que haga viable un proyecto político –tal vez este tipo de cosas explique por qué al lado del crucifijo que “adorna” las salas de muchos funcionarios del Estado[8] se encuentra uno con el busto de Bolívar, excomulgado en su momento por la iglesia católica.

Ahora, en cuanto al influjo del socialismo utópico y el romanticismo en la configuración política de Colombia, como nos explica Jaime Jaramillo Uribe, en uno de sus ensayos[9] sobre “La Personalidad Histórica de Colombia”, encontramos las siguientes descripciones y citas referidas por ¡nuestro historiador!:

(Acerca de la influencia de Lamartine y Victor Hugo hacia mediados de siglo, además del genio literario y la intención social de sus obras, otro factor motivó el ascendiente de estos escritores en la entonces Nueva Granada, a saber) “…lazo estrecho de comunicación entre el público neogranadino y los románticos franceses: el factor religioso. Para el sector popular de una sociedad de tradición católica, el pathos cristiano de toda esta literatura y su interpretación del cristianismo como una religión del pueblo, de los desheredados, de los parias, del progreso social y de la igualdad y la justicia, constituía el alimento espiritual más asimilable”[10]

“Al dar la noticia de que en París, como consecuencia de la revolución de 1848, se han organizado las lecturas públicas de las grandes obras de la literatura universal, La Democracia de Cartagena anunciaba la formación de un grupo de intelectuales para iniciar la discusión pública de grandes obras como La historia de lo girondinos, la Historia de la revolución francesa, El politeísmo, etc. Los actos se iniciarían con la lectura de las Palabras de un creyente, hecha por el doctor José Araujo”. [11]

“Para Lamartine hay una fe, es la razón y un órgano de ella, la palabra. Ella quiere hacerlo todo a su imagen y semejanza. En religión, Dios uno y perfecto; la moral eterna por símbolo, la adoración y la caridad por culto. En política la humanidad superior a las nacionalidades; en legislación el hombre igual al hombre; el cristianismo legislado.”[12]

“Para Lamartine, el Evangelio contenía la doctrina de la democracia. Para Pierre Leroux y otros escritores menores, leídos también en la Nueva Granada, el Sermón de la Montaña contenía la doctrina del socialismo”. El cristianismo vago que profesaban los jóvenes liberales, sin dogmas, sin culto y sin ministros y que según el testimonio de los hermanos Cuervo, era un eco de los clubes de París (…) El nombre de Gólgotas dado a entonces al grupo de intelectuales liberales que formaban el ala radical del partido, era uno de los muchos signos de amplitud de esa tendencia” [13]
“Decía la Sociedad de Artesanos de Bogotá en su resolución del 31 de diciembre de 1849, dictada con el objeto de establecer de manera explícita y terminante los principios que profesa y los objetos que se ha propuesto al asociarse:
(…)
4. Sostener la religión de nuestros padres y no permitir que se tome su nombre para engañar y mantener al pueblo en la más vergonzosa ignorancia”.[14]

Y en cuanto, al los primeros planteamientos ideológicos que dieron forma al Partido Conservador en Colombia, Jaramillo Uribe nos dice:

En La Libertad y el Socialismo, el liberalismo y el cristianismo –siempre unidos en el pensamiento de Caro[15], con lo cual seguí fiel a la problemática propia del saintsimonismo y a la consigna de unir catolicismo y progreso como en LAMENNAIS, CHATEAUBRIAND, etc.- se interpretan conforme al más puro romanticismo. Caro vislumbra otra vez un futuro libre…


“Mi corazón me anuncia tu reinado
Como la imagen del glorioso estado
Del hombre en el Edén”
[16]

Esta antología de citas, que podría sobre la misma obra de ¡nuestro historiador! Ser más amplia pretende dar cuenta de cómo lo religioso, lo político –y evidentemente lo literario- se inoculan mutuamente, trastocando y disolviendo los limites que suponemos infranqueables, quienes gustamos de la disección conceptual.

Para finalizar, a la pregunta que intitula este breve texto, una respuesta tentativa, una hipótesis con base en las consideraciones que se han expuesto sería: lo religioso, que no se agota en el cristianismo, constituye la forma, el molde, en el que distintos presupuestos adscritos a la modernidad (socialismo, el liberalismo, Bolívar…) vaciaron sus intereses para seducir políticamente a un pueblo donde lo religioso no sólo es arquetípico sino la sustancia de su pathos o de su ethos – quien escribe esto no diferencia muy bien lo uno de lo otro cuando piensa en la nación que le ha dado parte de su ser-. Ahora, de tomar fuerza esta hipótesis –por lo menos en mi ánimo- otras ocurrencias de la razón cordial serían: el cristianismo es el mito fundante de la modernidad y ante la legitimidad perdida de esta última la opción sería un anticristianismo para recrear a Colombia como proyecto histórico… creo que estoy desvariando, tengo sueño.

Notas:


[2] Es sintomático que pensadores como Fernando Vallejo, escritor prominente que renunció a la nacionalidad colombiana y hace poco público un ensayo mordaz contra la iglesia católica y cuyo título es “La puta de Babilonia, afirmara en un documental realizado por Luis Ospina sobre su obra, que entra a las iglesias para no desintegrarse… ya que estas fueron parte de sus primeras vivencias en el seno de una familia paisa. El título del documental es “La Desazón Suprema” (2003).
[3] Categorías del historiador religioso Mircea Eliade.
[4] SÁNCHEZ ARDILA, Jorge David. Temo profanar tu nombre. Construcción del mito político del héroe. Universidad Distrital Francisco José de Caldas. Bogotá, 2000. P. 21 – 22.
[5] La nación en su acepción actual es una invención moderna, producto histórico de conquistas, colonizaciones, independencias y revoluciones que para el caso latinoamericano tomaron cuerpo durante el siglo XIX; así como de empresas jurídico-políticas que le dieron la forma de horizonte de sentido a pueblos inscritos en la historia con códigos culturales distintos. Como invención moderna, los nacionalismos en esta parte del mundo constituyeron traducciones, emulaciones o pálidos reflejos de procesos que estaban perfilando la personalidad histórica de los estados-nacionales en Europa y Norteamérica.
[6] La negrilla es mía.

[7] La negrilla es mía

[8] A propósito mi profesora de primaria me corregía sino escribía Estado, con mayúscula en la primera letra, así como el catequista me corrigia cuando la palabra Dios era desprovista de esta condición.

[9] URIBE, Jaime. La Personalidad histórica de Colombia. Ediciones Uniandes. Bogotá, 2002.
[10] Op cit. p. 166
[11] Op cit. p. 171.
[12] (Palabras de “un cualquiera” –seudónimo con que alguien presento esta consideración en El Pasatiempo, un periódico de entonces). Op cit. p 172.
[13] Op cit. p. 181
[14] Op cit. p. 203
[15] José Eusebio Caro, cofundador del Partido conservador y padre de Miguel Antonio Caro.
[16] Op cit. p. 239.

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