lunes, 6 de julio de 2009

Reflexión y expresión: las dos pausas éticas de la cultura política

Por: Jaime Alberto Rojas R.
Presentación

Lourdes Martín (2002:15) señala que “las campañas electorales son rituales de persuasión”[1], entendida ésta, la persuasión, como una manera de influir mediante mensajes y procesos comunicacionales en las creencias, actitudes y conductas de los electores, para que voten y a quienes de manera constante se les hace la recomendación de doble vía: Vote por… Y NO vote por…

Pero, ¿qué sucede cuando los electores, manteniendo su libertad de elección, hacen caso omiso de los mensajes de persuasión que de manera constante bombardean las campañas políticas a través de los distintos medios, y coinciden en tomar la segunda vía, No vote por…, añadiéndole “Ninguno” o “vote en blanco”, como una iniciativa propia y soberana?

El novelista y Premio Nóbel de literatura, José Saramago, se atrevió a responder esta pregunta, desde su oficio de escritor. En “Ensayo sobre la Lucidez”, Saramago crea una situación hipotética del final de una campaña electoral cuya suerte de juega en las urnas, en un día pasado por agua y un pueblo que se revela en contra de los partidos existentes: de derecha (pdd), del medio (pdm) -de centro- y de izquierda (pdi) y deciden votar en blanco. Esto genera diversas reacciones del gobierno en contra de la población que se convierte en una fuerza revolucionaria. ¿Buscarán estos “la libertad ilimitada y el mayor bienestar posible del individuo? ¿Querrán la abolición del estado y la propiedad individual? Estos dos interrogantes inicialmente nos acercan a una figura de ideal anárquico como lo pensó a finales el siglo XIX el peruano Manuel González Prada, quien además manifestaba que una actitud como aquella no debía censurarse a nadie. “Si ha de censurársele algo al hombre, censúresele su optimismo y la confianza en la bondad ingénita del hombre”[2] por desarrollar actos como el que los electores en la obra citada de Saramago, realizan.

En la obra de Saramago por este hecho inusitado, el de votar la mayoría en blanco, se producen diversas reacciones por parte del gobierno: se anula la libertad de expresión, se decreta un estado de excepción, se retira el gobierno de la ciudad que por estar lejos no deja de ser corrupto; se retira también el ejército y la policía; se manipulan los medios y comienzan los atentados en contra de la ciudad y sus habitantes. Sin embargo, una fuerza constante, permanente, sublime mantiene al pueblo en pié: su convencimiento moral.

En las páginas siguientes, se analizará, pues, los dos cimientos fundamentales de los cuales, a mi entender, debe partir la cultura política. Me refiero a la Libertad de expresión y a la ética pues el resultado originado por la acción de los votantes – ha provocado una reacción con determinaciones funestas contra las libertades individuales, todas ellas faltas de ética por parte del gobierno, en esta inspiración de Saramago en su obra citada, “Ensayo sobre la lucidez”.

Qué es el voto

Antes de entrar materia, examinemos de manera ágil la definición de aquello que convulsiona todo en la novela de Saramago y que se convierte para muchos en la casi razón de ser de la democracia: el voto o sufragio.

En el glosario de la Registraduría del Estado Civil de Colombia, se encuentra la siguiente definición para el término voto: “manifestación de la opinión de una persona. Es el ejercicio del derecho del sufragio”. Igualmente, en dicho glosario, se habla de tres tipos de voto: “Voto en blanco: El señalado en el espacio especialmente destinado para ello en la tarjeta electoral. Es un voto válido y como tal debe ser computado. El voto en blanco es la expresión política de disentimiento, abstención o inconformidad”; “Voto nulo: el que no tiene validez por haberse marcado más de una casilla”; y el “Voto valido: que es aquel en que aparece marcada claramente una opción electoral y, que por llenar los requisitos de ley, debe ser computado”.[3]

En un resultado electoral, la democracia en cada uno de estos conceptos se vuelve número y porcentaje. Así por ejemplo, en la segunda elección que refiere Saramago en su obra, “los votos válidos no llegaban al veinticinco por ciento, distribuidos entre el partido de la derecha, trece por ciento, partido del medio, nueve por ciento, y partido de la izquierda, dos y medio por ciento. Poquísimos los votos nulos, poquísimas las abstenciones. Todos los otros, más del setenta por ciento de la totalidad, estaban en blanco.”[4] En la tercera votación el número de votos en blanco correspondió al 83% de los votos totales.

Otro tipo de definición sobre el voto lo encontramos en la Constitución Política de Colombia; precisamente en su artículo 103: “Son mecanismos de participación del pueblo en ejercicio de su soberanía: el voto, el plebiscito, el referendo, la consulta popular, el cabildo abierto, la iniciativa legislativa y la revocatoria del mandato. La ley los reglamentará”[5] Sin embargo, este mecanismo de participación, o mejor, este fantasma de la participación se convierte también en número y en porcentaje. Así por ejemplo en las elecciones de 2002 para presidente de la república, para once candidatos, el número total de votos fue de 11.249.734 y de votos en blanco fue de 196.116, esto es un 1.7% del total de votos, mientras que en la elección de presidente en 2006, el total de votos para siete candidatos fue de 12.041.737 y el número de votos en blanco alcanzo los 226.297, es decir el 1.8% del total de votos. Esto es que el promedio de “lúcidos” en Colombia en clave de Saramago para las dos últimas elecciones presidenciales, con un mismo candidato, en Colombia es del 1.75% y parece que falta otra elección[6] donde participaría el mismo candidato ganador de las dos anteriores.
La libertad de expresión

Un segundo aspecto que Saramago desarrolla en su obra, es el referido a la censura, la más aberrante represión en contra las libertades individuales y argumentada detrás de una cloaca denominada estado de sitio o régimen de excepción, en donde todo está permitido; si no, observemos este paisaje que nos describe Saramago: “Con la libertad de expresión Y de comunicación condicionadas, con la censura mirando por encima del hombro del redactor, se halló la mejor de las disculpas y la más completa de las justificaciones, Nosotros bien que querríamos, decían, proporcionar a nuestros estimados lectores, la posibilidad, que también es un derecho, de acceder a una información y a una opinión exentas de interferencias abusivas e intolerables restricciones, particularmente en momentos tan delicados como los que estamos atravesando, pero la situación es esta, y no otra, sólo quien siempre ha vivido de la honrada profesión de periodista sabe cuánto duele trabajar prácticamente vigilado durante las veinticuatro horas del día, además, y esto entre nosotros, quienes tienen la mayor parte de responsabilidad en lo que nos sucede son los electores de la capital, no los otros, los de provincias, desgraciadamente, para colmo, y a pesar de todos nuestros ruegos, el gobierno no nos permite que hagamos una edición censurada para aquí y otra libre para el resto del país, ayer mismo un alto funcionario del ministerio del interior nos decía que la censura bien entendida es como el sol, que cuando nace, nace para todos, para nosotros no es ninguna novedad, ya sabemos que así va el mundo, siempre son los justos quienes pagan por los pecadores”[7].

Pero como se observa, la censura, una penalidad de origen eclesiástico, los gobiernos utilizan para acallar el resultado del “sapere aude” que Kant con tanta visión iluminó para el individuo, esto es la libertad de expresión; por ello en este escrito me referiré mejor a ella.

La libertad de expresión[8] no es una concesión que los estados hacen a los individuos ni mucho menos es, solamente, un privilegio de periodistas, locutores o de quienes trabajan en medios de comunicación. La libertad de expresión es uno de los derechos fundamentales del individuo y una garantía para la sociedad, de construir y construirse en libertad, democracia, respeto, y en la promoción de los derechos humanos.

Mediante la libertad de expresión, el individuo se vuelve artífice de su propio desarrollo por sus búsquedas e interacciones como una forma de crear conocimiento; la sociedad por su parte, toma sus propias decisiones de desarrollo mediante la inclusión, la incorporación y cooperación, por ejemplo, de (y con) aquellos sectores marginales, urbanos y rurales, a la vida política, económica, cultural, científica, etc., del país.

La libertad de expresión es un acto comunicativo de ida y vuelta; pues de la misma manera que el individuo tiene derecho de buscar y difundir información y opiniones libremente, también lo tiene para recibirlas. No importa que las opiniones que reciba sean contrarias a lo que piensa o a sus propias convicciones. En tal sentido, la Corte Interamericana de Justicia ha declarado que “la protección a la libertad de expresión debe extenderse no solo a la información o a las ideas favorables, sino también a aquellas que ofenden, resultan chocantes o perturban, porque tales son las exigencias del pluralismo, la tolerancia y apertura mental sin las cuales no existe sociedad democrática”[9]. Si se obstaculiza este derecho fundamental, se obstaculiza la construcción de conocimiento, el desarrollo y la democracia.

“Dentro de una sociedad democrática (es necesario que) se garanticen las mayores posibilidades de circulación de las noticias, ideas, opiniones así como el más amplio acceso a la información por parte de la sociedad en su conjunto (…) Tal como está concebido en al Convención Americana, (es necesario) que se respete escrupulosamente el derecho de cada ser humano de expresarse libremente y el de la sociedad en su conjunto de recibir información”[10].

Moral y ética

Entendemos por moral todo aquello que hemos asimilado en nuestra infancia (aún en la juventud y en la edad adulta), de las costumbres y valores de nuestro ambiente, como producto de la autoridad -no de la autoridad legal, sino de esa otra autoridad que llamamos moral- de nuestros padres, profesores, vecinos, de las personas mayores, de los ministros religiosos, etc.; mientras que la ética es el intento por llevar esas formas de conducta y esos principios de comportamiento al nivel de la aceptación consciente, mediante el ejercicio de la razón.

La ética no excluye ni se opone a la moral; por el contrario, la complementa: la moral (recepción pasiva) pasa de ser amor y temor a la autoridad (padres, maestros, ministros religiosos, etc.) a convertirse en discernimiento activo, es decir en ética. Lo que ha sucedido y aún todavía pasa, es que el concepto de moral, en la mayoría de las veces, se ha asociado con los fundamentos religiosos que nuestros mayores nos han transmitido y que en la edad adulta no hemos querido o no hemos podido racionalizar y se nos convierten en fundamentales para nosotros mismos y para la sociedad en la que vivimos. Son esas normas morales individuales que deseamos, al igual que quienes nos las enseñaron a nosotros, enseñarlas para que otros las apliquen en sus vidas. Para ello nos valemos de nuestras investiduras de autoridad, de rango, de profesión, de edad, etc., o simplemente lo hacemos con la prédica de las creencias personales.

Igual ha sucedido con la ética: el común la ha asociado a grupos de profesionales; la ha trasladado a otros más preparados, quienes construyen y conforman las industrias (productos humanos de carácter físico), las instituciones (productos humanos de carácter intencional) y los valores (formas de apreciar la vida humana), que son niveles diferenciados de la cultura. Sólo quienes pertenezcan a esos grupos, de manera equivocada se piensa, serían quienes deben tener y pensar en una ética acorde a su gremio

Con lo anterior surge esta pregunta: ¿Cómo puede la ética complementarse con la moral? Quienes optan por una posición moralista responderán al interrogante señalando que es mediante la religión, que puede llegar a surgir dicho complemento. Que será la fe la que nos lleve a mediar todos nuestros actos, sin permitir intromisiones de la razón. Debe recordarse que en el mundo en que vivimos, no existe solamente una religión.

Quienes están en la otra orilla, señalarán que es mediante la razón, común a todos los hombres, como se puede lograr la neutralidad para llegar a consensos.

Quizá una tercera vía, un método de concertación, es aplicando la sabiduría de las abuelas: “ponerse en el lugar de otros”. Y ponerse en el lugar de otros, es buscar un acercamiento con quienes piensan distinto a nosotros; es dejar los prejuicios de que un pensamiento distinto es un riesgo para nuestras convicciones. Con un poco de paciencia y tolerancia, incluso, con este método podremos encontrar normas morales racionales, que nos sean comunes y que nos permitan convivir.

Luego de ese encuentro, tendremos que observar si éstas sirven para un determinado conglomerado social. Si no sirven, se pondrán de manifiesto más temprano que tarde; si, por el contrario, los individuos de ese conglomerado las acogen, las racionalizan y observan que, aunque no cobijan del todo sus creencias, pero si garantizan la convivencia, se convertirán en éticas públicas. Es a lo que la filósofa Adela Cortina, denomina éticas mínimas. Este es el resultado; pero al proceso que se llevó a cabo, lo podemos relacionar con la construcción del ethos social. En estos problemas han estado durante siglos los más grandes pensadores y cada uno ha elaborado su teoría, sin que ninguna sea falsa o equivocada, verdadera o cierta[11].

Con base en lo anterior, entre otras, cabría esta pregunta ¿Cuándo es buena una conducta? Podríamos responder que una conducta es buena cuando produce la mayor felicidad para las personas; es decir que nos guía la bondad de las consecuencias que produce la determinada conducta para la mayoría de las personas. Si una conducta no produce felicidad para la mayoría de la gente, esa conducta es mala. Sacrificamos de esta manera las minorías por las mayorías (utilitarismo).

Puede haber una segunda respuesta a la misma pregunta. La conducta es buena si es compatible con el respeto a la persona. Es decir que, respondemos señalando que las conductas son generalizables: trato a los demás, como quiero que me traten a mí (fin en sí mismo), como persona dotada de libertad y de responsabilidad. Aquí el valor (deontos) de la persona (en sí misma) es la medida que le imprime bondad a la conducta.

Si tuviéramos que decidir nuestros problemas éticos, de poco nos servirían estas dos tendencias: la cosecuencialista, la primera y la deontológica, la segunda, si no las aterrizamos cruzándolas con los actos que día a día realizamos y con las reglas que día a día aplicamos. Con esto surge otro interrogante: ¿Qué es lo bueno o lo malo: el acto o la regla que lo rige?

Los defensores de las “teorías de la regla”[12] tienen como argumento central uno de tipo psicológico: cuando se está con problemas, no es posible pensar en soluciones rápidas; por eso se acude a las reglas, las cuales ya están hechas para ser aplicadas ante tal o cual situación[13]. Por su parte los defensores de las “teorías del acto” toman en cuenta la manera como funciona el conocimiento de las personas. Por ello nadie puede reemplazar a nadie en su responsabilidad, ni siquiera el mismo individuo[14].

Colofón

La única persona que no había perdido la visión en la epidemia de ceguera leía una antigua leyenda china que señalaba como costumbre entre los antiguos, “que cuando los reyes querían demostrar sus elevadas virtudes bajo el cielo, empezaban por gobernar y dirigir sus países; pero antes de decidirse a gobernar sus países, empezaban por organizar sus hogares; y antes de organizar sus hogares, empezaban por organizar sus propias vidas: empezaban por sanear sus corazones; y antes de sanear sus corazones, se consagraban a cultivar sus inteligencias para elevarse así a la cima del saber. Y llegar a la cima del saber, significaba llegar al conocimiento íntimo de las cosas. Y cuando llegan al conocimiento íntimo de las cosas ya quedaban capacitados para: pensar bien; sanear sus corazones; poner en orden sus vidas en sus hogares; y, finalmente, dirigir y gobernar a sus naciones[15].

La persona quedó metida entre sus cavilaciones: ahora que la reelección presidencial fue aprobada en el congreso, que el país continúa en zozobra por el flagelo de la violencia, que agobia de manera despiadada a todos y a cada uno de los habitantes de este país y que el bienestar cada vez tiene menos rostro humano, vale la pena que nos preguntemos, si los candidatos del centro, del medio y de la izquierda que actuarán en esta contienda electoral están listos para gobernar; y si lo están, por qué y para qué lo están. El porqué, o los porqués, no son otra cosa distinta que las razones, los argumentos, que cada uno, como candidato tiene para ejercer el poder, teniendo siempre como prioridad a los individuos que gobernará.

El para qué, pensaba, son los objetivos que como candidatos se ha trazado para el ejercicio su cargo, en caso de ser elegidos. Obviamente que sus objetivos deben ser congruentes con las razones que los llevaron a postularse como candidatos; pero sobre todo, deben ser acordes con la realidad de la comunidad en la cual desarrollará su mandato.

Y como electores, ¿por qué y para qué elegimos a determinado candidato? Igual. Debemos tener unas razones, unos porqués, que emanan de nuestras propias libertades y que la constitución y las leyes las refrendan. Pero sobre todo, nuestras razones, deben estar sustentadas en el interés colectivo de la comunidad en la cual convivimos. Entonces, es aquí en donde nuestros objetivos, los para qué, dejan de ser personales para volverse sociales[16].

Si los candidatos tienen propuestas para que los elijan, las cuales deben convertirse en programas una vez realizada la elección, los electores tienen los votos como una forma de participar[17] en la elección o en la revocatoria de ese mandato, si los programas propuestos no se cumplen, pensaba.

Tanto los candidatos como los electores, tienen razones para elegir y ser elegidos, así como objetivos para ejercer el poder. Lo importante es que tanto unos como otros, sustenten sus razones y objetivos en valores que le den sentido a la democracia. Los candidatos (a la Presidencia de la República, como a cuerpos colegiados, alcaldías y gobernaciones), así como para los electores, debe nacer una nueva manera de hacer política, que permita ejercer el poder y la libertad de elegir, en donde la construcción del tejido social y el desarrollo de las comunidades, sean la prioridad. Todos necesitamos un país en donde podamos convivir de manera pacífica; nuestro voto, así como nuestra capacidad y transparencia en el arte de gobernar deben ser el inicio de un proceso de cambio[18], colocando al individuo como propósito fundamental.

Si aplicáramos estos principios de sabiduría en el aquí y el ahora de nuestras instituciones, se decía, tendríamos un Estado, unos dirigentes y unos ciudadanos distintos. Pero no cabe duda de que somos más dados a practicar nuestra relación política de manera material, con todos sus insumos negativos como la corrupción, que a realizar una práctica más sublime, más humana, como admirablemente lo sintetizan los chinos en el párrafo inicial[19] de mi lectura.

Ya lo decía Hobbes, al señalar que el hombre es un lobo para el hombre; esto es que la sociedad conforma la mentalidad de sus miembros como lo señalan los marxistas al afirmar que no es la conciencia del ser humano lo que determina su existencia, sino que es a la inversa, es su existencia social lo que determina su conciencia.

Esta razón de existir, es lo que podríamos llamar moral social. Pero la moral social no solamente se da por el origen de las normas, sino por el origen de la conciencia moral. La moral, como moral de la conciencia, consiste en la constitución de un fuero interno, según lo afirma José Luis Aranguren[20], quien además señala, que éste surge en los momentos de crisis histórica, cuando la moral social aparece inadecuada, inservible o injusta, y el hombre para salvarse, al menos como persona individual, se retrae a ese fuero interno, refugiándose en la intimidad de su conciencia moral. La antítesis entre la moral social y el fuero interno aparece vivida dramáticamente por Sócrates, quien sin sanjar la pugna del modo individualista, se mantiene observante con lo personal y lo social.

Con lo anterior, podría inferir –pensó el personaje- que la llamada ética política tiene por objeto enseñarnos cómo debe ser y cómo debe organizarse la sociedad civil y conforme a qué principios debe gobernarse para que ésta y el gobierno sean morales y satisfagan las exigencias de la ética general. Esto es, tratar de construir un arquetipo de Estado ideal, al cual debe ajustarse la realidad política.

Esto es precisamente lo que han hecho, suspiro, a través de la historia los pensadores y gestores de las ideas política, que partiendo de Tucídides, pasando por Platón, Aristóteles y hasta Cicerón[21], en la época antigua, imaginaron un universo producto de la razón y creyeron que las fuerzas de la naturaleza eran susceptibles de una interpretación sistemática y ordenada. Es allí, en donde aparece el concepto del hombre como animal político y la concepción griega del Estado que lo concibe como una entidad compuesta de todos los ciudadanos que les exige una participación activa a cada uno en la vida política[22]. Igualmente sucede en la Edad Media, en donde la teocracia y la secularización políticas son el pensamiento de esta oscura y aciaga época de la vida del hombre. Ya en la Edad Moderna cambian las cosas y se pasa del absolutismo al liberalismo, en donde los conceptos de razón de Estado, señor absoluto y príncipe, son el centro de la especulación política de la época.

En la Edad Contemporánea, tanto ideas como doctrinas políticas son el resultado del análisis de las condiciones de vida que produce el capitalismo y del efecto de una mayor sensibilidad social frente a los males que junto con los bienes trae la nueva economía fabril. Además, el marxismo, equipado con un método de conocimiento (materialismo dialéctico y materialismo histórico) emprenderá el estudio y la investigación del modo de producción capitalista y las consecuencias sociopolíticas que de él se desprenden. Pero además, equipado con una teoría acerca del Estado y de su papel histórico, elaborará una teoría de la revolución, la proletaria, para cambiar las condiciones económicas, sociales y políticas de la sociedad capitalista y dar paso a la creación de una nueva sociedad, la socialista que llevará finalmente al comunismo[23].

Aún, el pensamiento sociopolítico contemporáneo de la iglesia católica en los últimos tiempos ha tratado de concebir un Estado ideal, inspirada en los conceptos escolásticos de la ciudad de Dios y en este sentido ha lanzado al mundo diferentes encíclicas de contenido social, para que los hombres con su práctica alcancen la salvación.

No podemos dejar de lado una situación que nos afectó directamente a los habitantes del nuevo mundo descubierto por Colón, cuando luego de conocerse las cartas en las cuales Américo Vespucio daba cuenta del mundo descubierto a los reyes de España, comenzó a fraguarse por parte del canciller del imperio de la época, el inglés Tomás Moro, un análisis que sirviera de fundamento y crítica, para derrocar a su rey Enrique VIII[24].

La utopía, es la descripción literaria de un Estado ideal, en donde la organización y cooperación conjugan con la moral el perfecto Estado. Nunca se imaginó Moro que su escrito le costara hasta la vida, pero tampoco que ese mundo ideal construído a partir de la experiencia fuese tan distinto y que la organización, fuera el caos y la cooperación fuese el individualismo y la corrupción y la moral se cuantificaran, o mejor, se expresaran con el signo pesos.

Nuestro individuo, cerró el libro y suspiró… Siempre habrá un Estado ideal en donde se practique una ética general o social. Pero el interrogante es si el hombre puede llegar a alcanzarlo. El hombre es un proyecto, es una aspiración final; es un ser que se proyecta hacia el horizonte y su proyecto significa ser lanzado hacia algo, hacia las posibilidades que le ofrecen su ser y sus circunstancias, como lo expresara José Ortega y Gasset y que la sabiduría popular interpreta expresando que “cada uno es cada uno con sus cadaunadas”.

El día estaba terrible; no había parado de llover y nuestro personaje tendría que salir a votar.

Citas
[1] MARTÍN, Lourdes. “Marketing político. Arte y Ciencia de la Democracia”. Editorial Paidos. Barcelona 2002. Pág. 15
[2] RAMA, Carlos y CAPPELLETTI, Ángel. “Anarquismo en América Latina”, Biblioteca Ayacucho. Edición Digital. Página 267.
[3] Registraduría Nacional del Estado Civil. Glosario electoral (http://www.registraduria.gov.co/Elecciones/glos_elec.htm).
[4] Saramago, José. “Ensayo sobre la lucidez” Editorial Alfaguara. Pág. 31
[5] Constitución Política de Colombia. Artículo 103.
[6] Elección: Técnica para escoger mediante votación popular a los gobernantes (elecciones uninominales) y miembros de corporaciones públicas (elecciones plurinominales). En Colombia actualmente mediante el proceso de votación se eligen: Presidente y vicepresidente; Congreso (Senado y Cámara); Asambleas; Gobernadores; Concejos; Alcaldes; Ediles y Juntas Administradoras Locales (JAL). Registraduría Nacional del Estado Civil. Glosario electoral.
[7] SARAMAGO, José. Op. Cit. Pag. 57 y 58
[8] La libertad de expresión es un derecho fundamental reconocido en la Declaración Americana sobre los Derechos y Deberes del Hombre y la Convención Americana sobre Derechos Humanos, la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Resolución 59 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, la Resolución 104 adoptada por la Conferencia General de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, La Ciencia y la Cultura, UNESCO, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, así como en otros instrumentos internacionales y constituciones nacionales.
[9] Declaración de principios sobre libertad de expresión de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
[10] Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Relatoría para la Libertad de Expresión.
[11] Aunque no viene al caso desarrollar los distintos tipos de pensamiento sobre la ética en el cuerpo del trabajo, sí es oportuno recordar el fundamento de cada una de ellos.. Ética de las virtudes o eudemonista: la felicidad que es Dios mismo, se alcanza mediante el ejercicio de las virtudes. El hombre prototipo de esta ética es el hombre virtuoso.
Ética hedonista: el placer es la aspiración generalizada del hombre. El placer puro, que es el más agradable, hace desear la repetición.
Ética Estoica: esta es una doctrina de carácter moral, asimilada por el cristianismo. El hombre debe adaptarse a la naturaleza y vivir conforme a ella para conseguir la felicidad.
Ética neoplatónica: Es marcadamente mística y clama porque el hombre debe sumergirse en la divinidad a través de la contemplación y la mortificación de todos los deseos que provienen del cuerpo.
Ética del deber: El fundamento de la norma moral es el deber el cual lo señalan las leyes de la sociedad; y el valor moral solo se manifiesta, cuando el hombre “quiere hacer el bien”.
Ética utilitarista: Su principio fundamental es la felicidad, la cual se logra buscando el placer y desechando el dolor. Bueno es lo que produce placer, malo lo que produce dolor.
Ética nihilista: Los valores morales son caretas que ocultan los verdaderos intereses egoístas de unos y las bajezas y miserias de otros.
Ética marxista: propone un hombre nuevo, un hombre libre fruto de una sociedad comunista sin clases.
Ética axiológica: proponen el valor, desde dos perspectivas: como ser ideal y como cualidad objetiva que se da en los seres. Los valores plasman improntas de perfección en el individuo.
Ética de la liberación: emparentada con la teología de la liberación, propone como bien moral la práctica de la justicia, que se materializa con el reconocimiento a los derechos del Otro.
Ética comunicativa o dialógica: Se fundamenta en la autonomía de la persona y en la igualdad de todas las personas, la cual les da derecho a buscar una normativa universal mediante el diálogo. También es llamada ética solidaria
[12] Las reglas son inmutables y su aplicación no tiene excepciones. Tampoco se enriquecen con el uso que se les da. El filósofo Fernado Savater, por ejemplo, ha iniciado una seria polémica en la iglesia católica al señalar que los mandamientos (las leyes) deben ser revisados y actualizados.
[13] En la película Los Coristas se observa tal situación: ante una acción, la reacción. La reacción ya está pensada: el castigo.
[14] Conscuencialismo del acto: actos buenos son los justificados por sus consecuencias.
Deontologismo de la regla: actos buenos son los que autoriaza una regla justificada por el respeto a las personas
Conscuencialismo de la regla: actos buenos son los que autoriza una regla justificada por sus consecuencias.
Deontologismo del acto: actos buenos son los justificados por el respeto a las personas.
[15] Baidabá. “Calila y Dimna” página 25. Editolaser. Bogotá 1991
[16] En un Estado de derecho como el nuestro, la solidaridad, la tolerancia y el respeto por la diferencia o diferencias, debe estar comprendido en un concepto de cultura cívica como lo señala el economista Luis Jorge Garay. Es decir que entre los mismos ciudadanos se debe configurar una cultura de lo público.
[17] El voto es la mas conocida de las formas de participar, pero nuestra Constitución (artículos 2,40,103-106,154,155,170,258-260,297,307,316,319,321 y 374-379) señaló otros mecanismos de participación (del pueblo y de las instituciones) reglamentadas en las leyes 134 y 131 de 1994.
[18] Sólo en 2004, el PNUD publico un estudio dirigido por el ex ministro argentino Dante Caputo sobre la Democracia en América latina en donde se recoge la experiencia de los países de América latina y cuyo objetivo prima en re-descubrir la política en beneficio del desarrollillo de los mismos países.
[19] Muchas veces pensamos en un hombre o dirigente ideal, pero la verdad sea dicha, el hombre real parte de las situaciones que se presentan ante él poseyendo de antemano las respuestas a tales situaciones o por lo menos los elementos que le permitan dar una respuesta a éstas y que le han sido proporcionadas por la sociedad en que vive, que con saberes prácticos, patrones de existencia y comportamiento hacen que el individuo socioculturalmente determine su conducta.
[20] ARANGUREN, José Luis. “Ética y Política”. Biblioteca de política, economía y sociología. Ed. Guadarrama. Madrid 1985.
[21] ROZO Acuña, Eduardo. “Introducción a las ideas políticas”.Ed. Universidad Externado de Colombia. 1987.
[22] Hace 2500 años los griegos se inventaron la democracia, cuyo término democracia proviene de los vocablos griegos demos que quiere decir pueblo y kratos que significa gobierno o autoridad; por ello es común que se asuma como significado de democracia a "la doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno y también al mejoramiento de la condición del pueblo". Pero otras acepciones se han encontrado a este término en la actualidad. Por ejemplo, el concepto de democracia no se limita al de una forma determinada de gobierno; trasciende incluso al conjunto de reglas de conducta para la convivencia social y política. Incluso como estilo de vida es un modo de vivir que se basa en el respeto a la dignidad humana, la libertad y los derechos de todos y cada uno de los miembros de la comunidad. A pesar de estas diferentes nociones de democracia, para el común de la gente la democracia se ve como una forma de gobierno que en Colombia durante todo la vida de la constitución de 1886 fue de carácter representativo y que con el cambio de constitución se volvió participativa. Ahora es la democracia como forma de gobierno la participación del pueblo en la acción del gobierno gubernativa por medio del voto y del control que éste, el ciudadano ejerce sobre lo actuado por el estado.
[23] ROZO Acuña, Eduardo. Ibidem.
[24] ARCINIEGAS, Germán. “América en Europa”. Ed.Plaza y Janes.